REFLEXIONES

DOMINGO DE LA FAMILIA
UN PROYECTO DE VIDA A EJEMPLO DE LA FAMILIA DE NAZARET

“Cuando cumplieron todas las cosas prescritas por la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía llenándose de sabiduría; y contaba con la gracia de Dios”. (Lucas 2, 29-40)

Entre algunos spots publicitarios, como si fuera el mejor regalo navideño, que se dieron antes de Navidad para incentivar su celebración, me agradó, con la debida aclaración, el afectuoso abrazo de una niña al reencontrarse con su padre. Reafirmo con la debida aclaración por el hecho de que Navidad, no consiste en un intercambio de regalos, más bien, sin lugar a duda, el mejor regalo que nos hace Dios, pues recordamos su presencia divina en nuestra historia, su Encarnación en el seno de una Virgen, por exclusiva voluntad divina, fruto autentico del amor de Dios, indicándonos el verdadero camino del bienestar individual y comunitario a seguir y, de parte nuestra, el empeño de un sincero encuentro con Él. Un encuentro, lo de la hija del spot publicitario con papá, en que se aprecia la más sincera manifestación del amor de ambos, lo más natural de los sentimientos y afectos que el Señor ha puesto en nuestra interioridad para dar vida, entre otros aspectos, a la familia humana.

El Señor, en su infinita bondad, ha creado el hombre y la mujer a su imagen y semejanza. Los creó con características diferentes y exclusivas él uno del otro, para que, al encontrarse, al compatibilizar y, luego de pedir la bendición de Dios con el sacramento del matrimonio, iniciar un camino para tener y dar vida.
Este Domingo 28 de diciembre, es el Domingo de la Familia, con un recuerdo especial a la Familia de Nazaret. Una familia compuesta por José, María y Jesús. Una familia sin pretensiones ni económicas, ni sociales, pero con muchísimas dificultades. En líneas generales, de la misma conformación social que las demás familias de Nazaret. José, como padre adoptivo, de profesión carpintero; María la mujer, ama de casa, que dio las semblanzas humanas al Hijo de Dios y Jesús, el hijo predilecto, actúan y viven juntos su misión con responsabilidad, impregnando unión entre ellos, conforme la divina voluntad. Sin duda, un singular ejemplo para todas las familias de este mundo. Un ejemplo no muy fácil para ser seguido, pero nada imposible. Todo es posible cuando se tienen ideas claras sobre lo que somos y tenemos que ser en nombre del Creador.

«El núcleo familiar de Jesús, María y José – afirma papa Francisco – es para todo creyente, y en especial para las familias, una auténtica escuela del Evangelio. Aquí admiramos el cumplimiento del plan divino de hacer de la familia una especial comunidad de vida y de amor. Aquí aprendemos que todo núcleo familiar cristiano está llamado a ser ‘Iglesia doméstica’, para hacer resplandecer las virtudes evangélicas y volverse fermento de bien en la sociedad. Los rasgos típicos de la Sagrada Familia son: recogimiento y oración, mutua comprensión y respeto, espíritu de sacrificio, trabajo y solidaridad”.

Una familia en que además de los valores anteriormente indicados, la educación de los hijos tiene un lugar privilegiado, para ello papa Francisco añade: “Es en la familia unida que los hijos alcanzan la madurez de su existencia, viviendo la experiencia significativa y eficaz del amor gratuito, de la ternura, del respeto recíproco, de la comprensión mutua, del perdón y de la alegría».

Da mucha pena, como hoy en día, se busquen diferentes formas para desintegrar o destruir la familia, orientándola hacia otros supuestos tipos de familia, que nada tienen que ver con su verdadera esencia o naturaleza.
No hace mucho le pregunté a una persona con quien hubiese deseado vivir desde su niñez. La respuesta fue tajante, con quienes intervinieron en darle la vida, es decir papá y mamá. En fin, es la valida experiencia que, gracias a Dios, tuvimos la suerte de vivir en familia. Niño o niña, varón o mujer, cada cual necesita de la presencia de ambos padres para darle el sentido vivencial y emocional correspondiente a la existencia humana.
Aprovechemos, Hermanos del corazón, esta festividad para realizar los reajustes que cada uno de los miembros de nuestras familias nuestras familias necesitamos, acercándose siempre más al ejemplo de cada miembro de la familia de Nazaret.

¡Qué la Familia de Nazaret bendiga a todas nuestras familias!.

P. Francisco Lafronza (P. Felipe)

Surco 27 de diciembre 2020

 


UNA REALIDAD QUE NO ES POSIBLE TERGIVERSAR

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3:16)

No hace mucho que inició el tiempo de adviento. Uno de los tiempos fuertes del año litúrgico.

El tiempo en que, con justa razón, nos ayuda a prepararnos para celebrar como nos corresponde, la NAVIDAD.  Uno de los acontecimientos más importante del proyecto de salvación de Dios para sus creaturas. En él, volvemos a reflexionar sobre la Encarnación del Hijo de Dios. La segunda persona del misterio trinitario que viene a formar parte de nuestra historia, manifestándonos su entrañable amor, como afirma Juan en la frase inicial de la presente reflexión. Un amor que, sin quitarnos la libertad que tenemos y ejercemos, nos acompaña para darle a nuestra existencia su verdadero sentido, proyectándonos hacia la tan anhelada felicidad.

Sin falta, una Navidad diferente de todas las anteriores de nuestra existencia. Una Navidad en la que, en relación al cuidado de nuestra bioseguridad, es necesario tener presente una serie de

recomendaciones…

Una Navidad cuya naturaleza no ha cambiado. Es el mismo Jesús que viene a enseñarnos el

camino a seguir con todos los valores humanos y cristianos que nos corresponde vivir y compartir. El concepto de Navidad tiene su íntima relación con la palabra nacimiento. Nacimiento de alguien, no de un alguien cualquiera, sino del Hijo de Dios. Nacimiento que solo Dios tuvo el poder de realizarlo, recordando que “para Dios nada es imposible” (Lucas 1, 37). Por eso, sin ningún reparo, se encarna en el seno de una Virgen.

Da   mucha   pena   como   en   determinadas   circunstancias, se   quiera   tergiversar   este acontecimiento al margen de su realidad. No es posible sustituir este misterio con la intervención de un supuesto papá Noel, que nada tiene que ver en este asunto. Lo peor es que, por intermedio de esta supuesta presencia, se quiera incentivar a los niños a dirigirse a él pidiéndole regalos, cuando el mejor regalo que podamos conseguir, es el mismo niño Jesús.

Nos equivocamos al pensar que a los niños se les pueda cambiar la realidad de los hechos, de las cosas. Es bueno recordar que, como es natural, frente al interés que ellos tienen de saber el porqué de lo que acontece a su alrededor, al llegar a esta época del año, en que los adultos se preocupan en la adquisición de determinados bienes materiales, se pregunten el porqué de tanta exaltación.

Educar no es solo instruir, más bien hacer vivir la realidad de los acontecimientos, rescatando de ellos los valores que encierran. Es decir, una Navidad que no solo es para satisfacer las emociones de la niñez, más bien para enriquecer espiritualmente a todos los seres humanos en las diferentes etapas de su existencia, sin olvidar que, con la pandemia, nos ha tocado vivir un acontecimiento que da motivo para vivirlo como Dios manda.

Para ello, el papa Francisco en una de sus varias reflexiones para esta NAVIDAD y en relación a la pandemia que hace meses nos ha tocado vivir, nos indica: “Como sanar al mundo que sufre por un malestar que la pandemia ha evidenciado y acentuado. El malestar estaba: la pandemia lo ha evidenciado más, lo ha acentuado”.

Recordando además que el Señor también se hace presente en los signos de los tiempos, Francisco añade: “Hemos recorrido los caminos de la dignidad, de la solidaridad y de la subsidiariedad, caminos indispensables para promover la dignidad humana y el bien común. Y como discípulos de Jesús, nos hemos propuesto seguir sus pasos optando por los pobres, repensando el uso de los bienes y cuidando la casa común”.

Sin desesperar, pues lo único que nos queda es acudir con la misma humildad con que Jesús se hizo presente en nuestra historia, Francisco, añade: “En medio de la pandemia que nos aflige, nos hemos anclado en los principios de la doctrina social de la Iglesia, dejándonos guiar por la fe, la esperanza y la caridad. Aquí hemos encontrado una ayuda sólida para ser trabajadores de transformaciones que sueñan en grande, no se detienen en las mezquindades que dividen y hieren, sino que animan a generar un mundo nuevo y mejor”.

Es un camino de fe y sanación que solo es posible recorrer con la ayuda del Niño Dios que nos ama y para ello vino una vez más a recorrerlo junto a nosotros como sigue indicándonos Francisco a continuación: “Ponemos este camino de sanación bajo la protección de la Virgen María. Ella, que llevó en el vientre a Jesús, nos ayude a ser confiados. Animados por el Espíritu Santo, podremos trabajar juntos por el Reino de Dios que Cristo ha inaugurado en este mundo, viniendo entre nosotros. Es un Reino de luz en medio de la oscuridad; de justicia en medio de tantos ultrajes; de alegría en medio de tantos dolores; de sanación y de salvación en medio de las enfermedades y la muerte; de ternura en medio del odio. Dios nos conceda “viralizar” el amor y globalizar la esperanza a la luz de la fe”.

Con el sincero deseo que esta NAVIDAD deje huella en nuestro espíritu para vivirla como nos corresponde, les deseo los mejores augurios de Paz y Bien. Un fuerte abrazo.

Francesco Lafronza (P. Felipe)

Surco 13 diciembre 2020

 


ACONTECIMIENTO QUE SIGUE DEJANDO HUELLA EN NUESTRO SER…

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. (Isaías 9:6)

Durante nuestra existencia varios son los acontecimientos que dejan o deberían dejar huellas en nuestro ser. Unos para bien y otros, para lo contrario… Olvidémonos, por lo pronto, de los segundos y centremos nuestra atención en los primeros. Acontecimientos en cuanto hechos cuyas características adquieren cierta relevancia en nuestra existencia, para tenerlos presente, y, al vivirlos, para enrumbar nuestra existencia conforme el significado que en sí encierran. Unos pueden orientarnos hacia el aspecto humano de nuestra existencia y otros en relación al aspecto trascendental, espiritual, religioso, pues, no solo somos materia, sino espíritu y, como cuidamos nuestro cuerpo, no es posible olvidarnos de nuestra alma.

Entre los acontecimientos religiosos que marcan o deberían marcar nuestra existencia está la NAVIDAD. El recuerdo imborrable de la primera venida de Cristo en nuestra historia. El Hijo de Dios que, sin perder su divinidad, viene a compartir con todos nosotros su humanidad para indicarnos el camino a seguir y poder lograr el verdadero sentido del bienestar tan anhelado, en vista de la bienaventuranza eterna. Un simbólico camino que no es libre de renuncias para que la gracia de Dios surta sus efectos.

Una NAVIDAD cuyo objetivo es recordar y celebrar, como corresponde, la Encarnación del Hijo de Dios, la segunda persona del misterio trinitario.

Da mucha pena como en estos últimos tiempos se busque la forma de como desvirtuar este acontecimiento al margen de su verdad, de su realidad, para enfocarlo hacia ciertas formas de pensar equivocadas, ideologías o sistemas que no tienen nada que ver con el significado o valor que encierra, como, enfocarlo hacia la industria o el comercio.

Para ello, al empezar el tiempo de preparación de la NAVIDAD con el primer Domingo de Adviento, la Iglesia, nuestra Iglesia, que con el bautismo nos confirió la gracia sobrenatural para darle el verdadero sentido a nuestra existencia, nos orienta hacia una preparación que valga la pena otorgándole a la Navidad el sentido que le corresponde y que, como cristianos y católicos, no podemos y no debemos echar en saco roto.

En ese sentido, ¿Cómo no entretenernos en la breve reflexión de uno de los padres y doctores de la Iglesia, Gregorio de Nisa? Gregorio a continuación nos indica, cómo prepararnos para este acontecimiento empezando con sacudirnos del polvo terrenal que llevamos en nuestra interioridad y dar espacio a lo que vale la pena.

“Este es uno de los grandes preceptos del Señor: que sus discípulos se sacudan como el polvo, todo lo que es terrestre, para dejarse llevar por un gran impulso hacia el cielo. Él nos exhorta a vencer el sueño, a buscar las realidades de arriba, a mantener sin cesar nuestro espíritu alerta, a expulsar de nuestros ojos el adormecimiento seductor. Me refiero a ese letargo y a esa somnolencia que conducen el hombre al error y le forjan ilusiones: honor, riqueza, poder, grandeza, placer, éxito, ganancia o prestigio”.

En la segunda parte de su mensaje que, en síntesis, hace referencia a la palabra de Dios del primer domingo de adviento del evangelio de Marcos (13, 33-37), Gregorio añade: “Para olvidar tales fantasías, (las indicadas líneas más arriba) el Señor nos pide que superemos ese pesado sueño: no dejemos escapar lo real por una búsqueda desenfrenada de la nada. Él nos llama a velar: Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas. La luz que resplandece ante nuestros ojos ahuyenta el sueño, el cinturón que ciñe nuestra cintura mantiene nuestro cuerpo alerta. Ceñir la cintura de templanza es vivir en la luz de una conciencia pura. La lámpara encendida de la franqueza ilumina el rostro, hace brillar la verdad, mantiene el alma despierta, la hace impermeable a la falsedad y ajena a la futilidad de nuestros pobres sueños. Vivamos según la exigencia de Cristo y compartiremos la vida de los ángeles”.

Apreciados Hermanos, como nos indica la palabra de Dios en Hebreos (13, 9): “No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas, porque buena cosa es para el corazón el ser fortalecido con la gracia, no con alimentos, de los que no recibieron beneficio los que de ellos se ocupaban”, más bien, mantengámonos firmes en la verdad, identificada en el mismo Cristo Jesús, para que la próxima NAVIDAD, acontecimiento que ha reafirmado la historia del mundo en un antes y un después de Cristo, siga dejando huella en nuestra existencia, indicándonos el simbólico camino a seguir para el bienestar de toda la humanidad.

El Señor y la Virgen nos bendigan.

Francisco Lafronza (P. Felipe)

Surco 30 de noviembre de 2020

 


UNIDOS POR LA ESPERANZA

Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. (Jeremías 29:11)

Han pasado ya varios meses del inicio de la actual pandemia. Según el acontecer de otras pandemias que se dieron a lo largo de la historia, todos esperábamos que no iba a durar mucho. Los malos agüeros presagian que lo peor está por venir. ¿Es posible seguir viviendo con esta angustia? ¿Con el sufrimiento de tantas personas, las dificultades que todo esto conlleva al vivir? Da muchísima pena la candad de hermanos y hermanas fallecidos sin que sus familiares hayan tenido la posibilidad de acompañarlos hacia la “morada eterna” … Junto a estos dolorosos hechos y según nos informan a diario los medios de comunicación social, hay otros más aspectos sintomáticos de la pandemia, que no dejan de preocupar como: el aspecto social, la economía ….

Es una realidad que a cuanto parece, solo se orienta hacia el aspecto puramente humano.

¿Porque no enfocarla desde la totalidad del ser? Es decir ¿físico, humano y espiritual? Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. El Señor nos ama y conforme la reflexión bíblica inicial, Él se preocupa de nuestro total bienestar, libre de toda calamidad. Su proyecto de vida es un proyecto de salvación, desde esta dimensión y en proyección a la dimensión que nos espera al término de nuestra existencia.

Vivimos la pandemia con la pretensión de darle soluciones exclusivamente humanas, cuando el aspecto espiritual no es posible olvidarlo. Creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos que acudir a Él con la humildad que nos corresponde para resolver todo tipo de problemática que nos angustia. El Señor en su bondad no deja de otorgarnos los medios más que suficientes para resolver esta problemática. Por ello la necesidad de unirnos para que con la ayuda de Dios; la voz autorizada de la ciencia; y la ponderada orientación de nuestros gobernantes, todos juntos y animados por la virtud de la esperanza, podamos salir lo más pronto posible de esta pandemia.…

No se trata de una esperanza puramente humana que, al no tener un fundamento real de lograr que suceda algo que se anhela o se persigue, al no poner las condiciones necesarias, sería imposible lograr sin una esperanza cristiana-divina. Virtud que, si bien se orienta sobre todo hacia la consecución de la vida eterna, no podemos olvidar que es en la presente dimensión que el ser humano va labrando lo eterna.

El Catecismo de la Iglesia Católica “CIC”, en el párrafo 1818 afirma así de la esperanza: “La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza nos preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad”.

La esperanza, una virtud que no la podemos echar en saco roto, más bien, vivirla y compartirla. Vivirla y compartirla como Dios manda, pues según su misma naturaleza es ella la que nos trae la felicidad.

“Por eso – conforme nos indica papa Francisco – debemos tener bien fija nuestra mirada en Jesús y con esta fe abrazar la esperanza del Reino de Dios que Jesús mismo nos da. Un Reino de sanación y de salvación que está ya presente en medio de nosotros. Un Reino de justicia y de paz que se manifiesta con obras de caridad, que a su vez aumentan la esperanza y refuerzan la fe. En la tradición cristiana, fe, esperanza y caridad son mucho más que sentimientos o actitudes. Son virtudes infundidas en nosotros por la gracia del Espíritu Santo: dones que nos sanan y que nos hacen sanadores, dones que nos abren a nuevos horizontes, también mientras navegamos en las difíciles aguas de nuestro tiempo”.

¿Cómo no recordar el hecho de que el Señor se hace también presente en nuestra historia con los “signos de los tiempos”? (Lucas 12, 54-59).

Para ello, es bueno descubrir lo que el Señor desea, directa o indirectamente, manifestarnos en estos dolorosos acontecimientos. En la “Gaudium et spes – Gozo y esperanza” del Concilio Vacano II afirma: “… es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS 4).

Al respecto papa Francisco hace referencia a dos aspectos muy importante: la desigualdad social con todas sus injusticias y la degradación ambiental. Penosas realidades que van de la mano, “cuya raíz es la del pecado de querer poseer y dominar a los hermanos y hermanas, de querer poseer y dominar la naturaleza y al mismo Dios”.

La esperanza es el don de Dios. En una de sus cartas, el apóstol Pablo habla de Dios como “el Dios de la esperanza” (Romanos 15:13). Lo que él quiere decir es que la esperanza es una bendición que nos brota de Dios. Es su regalo. Durará hasta cuando nosotros le permitamos que dure. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza.

Cumplamos con los protocolos que la autoridad competente nos indica y sigamos rezando para que el Señor nos tenga misericordia y nos ayude a salir de esta situación de pandemia, con la ayuda de la Virgen María que, como indicó a los sirvientes de las “Boda de Cana de Galilea” al referirse a Jesús, los invitó a: “Hagan todo lo que él les diga” (Juan 2, 5). También nosotros hagamos lo que nos corresponde y Jesús nos indica por intermedio de su divina palabra para nuestro bienestar físico y espiritual individual y comunitariamente.

El Señor y la Virgen nos bendigan. Surco 04 de setiembre 2020

Francisco Lafronza (P. Felipe)

 


LIBRES DE TODA ATADURA Y UNIDOS A CRISTO PARA DAR FRUTOS

“Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo {el} que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mi” (Juan 15:2-6)

No hace mucho, el jardinero que cuida los jardines de nuestra Fraternidad Cristo Salvador, después de unos meses de ausencia, debido a la pandemia que nos afecta a todos, regresó y volvió a ocuparse de ellos. Vergeles a que les faltaba poco tiempo para parecerse bosques.

Con su máquina cortadora, empezó a cortar el césped, a podar las plantas y darles forma, la que tenían antes del inicio de la pandemia. Entre las diferentes plantas que ocupan nuestros jardines, hay algunas variedades de cucardas. Llaman la atención las que ordenadamente y en fila, bordean el pasadizo que, desde el convento, se expenden hacia el despacho parroquial.

Ya con el jardinero en su faena, me extrañó mucho el hecho de que algunas de las cucardas las podara de tal forma que, a mi parecer, al no poder recibir la savia necesaria en las diferentes partes de la misma planta para seguir viviendo, iban a secar.

Dando vuelta cada día por el jardín, no dejaba de observar con cierta pena las contraveradas cucardas … Pasaron unos días y, con extrañeza y maravilla de mi parte, empecé a observar el brote de unas hojitas, tiernas, llena de vida, de color verde claro al inicio, adquiriendo luego el mismo verdor de todas las demás. Es decir, las cucardas no habían muerto, con la poda, más bien se estaban renovando junto a las demás plantas de todo el jardín.

¡Mucho hay que aprender de la naturaleza! Uno de los mejores libros que nos enseña los diferentes procesos existenciales para darle forma a nuestra vida. Creada por Dios, en sí perfecta, entregada al ser humano para satisfacer nuestras necesidades, a nuestro servicio, con el compromiso de cuidarla, pues, considerando que la vida con el pasar del tiempo, al llenarse de inútiles escombros, necesita de una poda para renovarse…

Podar no es destruir ni arrasar. Podar es cortar. Cortar con cariño y con un objetivo. Se poda para renovar, para dar energía y vida, para orientar y hacer crecer, para encauzar. Una poda que, para el ser humano, no es pérdida de libertad, más bien consecución de la verdadera libertad, al hacernos libres de todo tipo de atadura, la que más bien sí nos esclaviza. Para ello Jesús al dirigirse a los judíos que habían creído en él les dijo: “Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. (Juan 8:31-32)

Una simbólica poda que nos ayuda a intimar con el Señor que nos ama y nos une a él. Unión que nos permite sentirnos bien, dar el verdadero sentido a nuestra existencia, para dar los frutos deseados, conforme lo indicado por la palabra de Dios al inicio de la presente reflexión.

Todos necesitamos una poda, aunque nos duela; pues, hay que quitar lo superfluo o lo que está estorbando; enderezar lo que va chueco; limitar lo que se ha excedido; renovar lo que se ha hecho viejo y obsoleto. Hay tantas cosas adheridas a nuestro corazón que nos cuesta dejar a un lado, como: la comodidad, la costumbre, la tibieza, ciertas formas de vivir en conflicto con uno mismo y los demás. Una forma de vida que nos ayuda a orientar positivamente nuestra existencia, sentirnos bien y proyectar bondad en los diferentes entornos de nuestra existencia.

Un camino apto para orientar y mejorar nuestra vida hacia la santidad como nos indica el Señor: “Yo soy el Señor, su Dios, y ustedes deben santificarse y ser santos, porque yo soy santo”, (Levítico 11, 44)

Santidad, no es otra cosa que orientar nuestra vida hacia la perfección. Hacer las cosas bien con amor, con rectitud, con fidelidad y en unión a Jesús, para dar los frutos correspondientes…

La perfección es un camino que hay que recorrer todos los días de nuestra existencia. Un camino que adquiere el polvo simbólico de las diferentes realidades que nos toca vivir. Un camino que exige esa simbólica poda que aplicamos a las plantas para darles vida, para que fructifiquen. En fin, es lo que tenemos que hacer todos los seres humanos en base a los que somos y tenemos que ser. Creados a imagen y semejanza de Dios nos espera compartir con él lo mejor de nuestra existencia por toda una eternidad y esto requiere constancia y fidelidad a la vocación que el Señor desde su misma eternidad nos ha transmitido.

“¡No teman! – para ello nos invita Juan Pablo II – ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!

…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande.

¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…

¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera felicidad”.

Sensibles a las maravillas de la naturaleza con el empeño de despojarnos de lo inútil y en unión a Jesús para dar frutos renovemos nuestro empeño de vida cristiana.

El Señor y la Virgen María nos bendigan.

P. Francisco Lafronza (P. Felipe)

Surco 22 de agosto 2020