REFLEXIONES

UNIDOS POR LA ESPERANZA

Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. (Jeremías 29:11)

Han pasado ya varios meses del inicio de la actual pandemia. Según el acontecer de otras pandemias que se dieron a lo largo de la historia, todos esperábamos que no iba a durar mucho. Los malos agüeros presagian que lo peor está por venir. ¿Es posible seguir viviendo con esta angustia? ¿Con el sufrimiento de tantas personas, las dificultades que todo esto conlleva al vivir? Da muchísima pena la candad de hermanos y hermanas fallecidos sin que sus familiares hayan tenido la posibilidad de acompañarlos hacia la “morada eterna” … Junto a estos dolorosos hechos y según nos informan a diario los medios de comunicación social, hay otros más aspectos sintomáticos de la pandemia, que no dejan de preocupar como: el aspecto social, la economía ….

Es una realidad que a cuanto parece, solo se orienta hacia el aspecto puramente humano.

¿Porque no enfocarla desde la totalidad del ser? Es decir ¿físico, humano y espiritual? Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. El Señor nos ama y conforme la reflexión bíblica inicial, Él se preocupa de nuestro total bienestar, libre de toda calamidad. Su proyecto de vida es un proyecto de salvación, desde esta dimensión y en proyección a la dimensión que nos espera al término de nuestra existencia.

Vivimos la pandemia con la pretensión de darle soluciones exclusivamente humanas, cuando el aspecto espiritual no es posible olvidarlo. Creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos que acudir a Él con la humildad que nos corresponde para resolver todo tipo de problemática que nos angustia. El Señor en su bondad no deja de otorgarnos los medios más que suficientes para resolver esta problemática. Por ello la necesidad de unirnos para que con la ayuda de Dios; la voz autorizada de la ciencia; y la ponderada orientación de nuestros gobernantes, todos juntos y animados por la virtud de la esperanza, podamos salir lo más pronto posible de esta pandemia.…

No se trata de una esperanza puramente humana que, al no tener un fundamento real de lograr que suceda algo que se anhela o se persigue, al no poner las condiciones necesarias, sería imposible lograr sin una esperanza cristiana-divina. Virtud que, si bien se orienta sobre todo hacia la consecución de la vida eterna, no podemos olvidar que es en la presente dimensión que el ser humano va labrando lo eterna.

El Catecismo de la Iglesia Católica “CIC”, en el párrafo 1818 afirma así de la esperanza: “La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza nos preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad”.

La esperanza, una virtud que no la podemos echar en saco roto, más bien, vivirla y compartirla. Vivirla y compartirla como Dios manda, pues según su misma naturaleza es ella la que nos trae la felicidad.

“Por eso – conforme nos indica papa Francisco – debemos tener bien fija nuestra mirada en Jesús y con esta fe abrazar la esperanza del Reino de Dios que Jesús mismo nos da. Un Reino de sanación y de salvación que está ya presente en medio de nosotros. Un Reino de justicia y de paz que se manifiesta con obras de caridad, que a su vez aumentan la esperanza y refuerzan la fe. En la tradición cristiana, fe, esperanza y caridad son mucho más que sentimientos o actitudes. Son virtudes infundidas en nosotros por la gracia del Espíritu Santo: dones que nos sanan y que nos hacen sanadores, dones que nos abren a nuevos horizontes, también mientras navegamos en las difíciles aguas de nuestro tiempo”.

¿Cómo no recordar el hecho de que el Señor se hace también presente en nuestra historia con los “signos de los tiempos”? (Lucas 12, 54-59).

Para ello, es bueno descubrir lo que el Señor desea, directa o indirectamente, manifestarnos en estos dolorosos acontecimientos. En la “Gaudium et spes – Gozo y esperanza” del Concilio Vacano II afirma: “… es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS 4).

Al respecto papa Francisco hace referencia a dos aspectos muy importante: la desigualdad social con todas sus injusticias y la degradación ambiental. Penosas realidades que van de la mano, “cuya raíz es la del pecado de querer poseer y dominar a los hermanos y hermanas, de querer poseer y dominar la naturaleza y al mismo Dios”.

La esperanza es el don de Dios. En una de sus cartas, el apóstol Pablo habla de Dios como “el Dios de la esperanza” (Romanos 15:13). Lo que él quiere decir es que la esperanza es una bendición que nos brota de Dios. Es su regalo. Durará hasta cuando nosotros le permitamos que dure. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza.

Cumplamos con los protocolos que la autoridad competente nos indica y sigamos rezando para que el Señor nos tenga misericordia y nos ayude a salir de esta situación de pandemia, con la ayuda de la Virgen María que, como indicó a los sirvientes de las “Boda de Cana de Galilea” al referirse a Jesús, los invitó a: “Hagan todo lo que él les diga” (Juan 2, 5). También nosotros hagamos lo que nos corresponde y Jesús nos indica por intermedio de su divina palabra para nuestro bienestar físico y espiritual individual y comunitariamente.

El Señor y la Virgen nos bendigan. Surco 04 de setiembre 2020

Francisco Lafronza (P. Felipe)

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LIBRES DE TODA ATADURA Y UNIDOS A CRISTO PARA DAR FRUTOS

“Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo {el} que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mi” (Juan 15:2-6)

No hace mucho, el jardinero que cuida los jardines de nuestra Fraternidad Cristo Salvador, después de unos meses de ausencia, debido a la pandemia que nos afecta a todos, regresó y volvió a ocuparse de ellos. Vergeles a que les faltaba poco tiempo para parecerse bosques.

Con su máquina cortadora, empezó a cortar el césped, a podar las plantas y darles forma, la que tenían antes del inicio de la pandemia. Entre las diferentes plantas que ocupan nuestros jardines, hay algunas variedades de cucardas. Llaman la atención las que ordenadamente y en fila, bordean el pasadizo que, desde el convento, se expenden hacia el despacho parroquial.

Ya con el jardinero en su faena, me extrañó mucho el hecho de que algunas de las cucardas las podara de tal forma que, a mi parecer, al no poder recibir la savia necesaria en las diferentes partes de la misma planta para seguir viviendo, iban a secar.

Dando vuelta cada día por el jardín, no dejaba de observar con cierta pena las contraveradas cucardas … Pasaron unos días y, con extrañeza y maravilla de mi parte, empecé a observar el brote de unas hojitas, tiernas, llena de vida, de color verde claro al inicio, adquiriendo luego el mismo verdor de todas las demás. Es decir, las cucardas no habían muerto, con la poda, más bien se estaban renovando junto a las demás plantas de todo el jardín.

¡Mucho hay que aprender de la naturaleza! Uno de los mejores libros que nos enseña los diferentes procesos existenciales para darle forma a nuestra vida. Creada por Dios, en sí perfecta, entregada al ser humano para satisfacer nuestras necesidades, a nuestro servicio, con el compromiso de cuidarla, pues, considerando que la vida con el pasar del tiempo, al llenarse de inútiles escombros, necesita de una poda para renovarse…

Podar no es destruir ni arrasar. Podar es cortar. Cortar con cariño y con un objetivo. Se poda para renovar, para dar energía y vida, para orientar y hacer crecer, para encauzar. Una poda que, para el ser humano, no es pérdida de libertad, más bien consecución de la verdadera libertad, al hacernos libres de todo tipo de atadura, la que más bien sí nos esclaviza. Para ello Jesús al dirigirse a los judíos que habían creído en él les dijo: “Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. (Juan 8:31-32)

Una simbólica poda que nos ayuda a intimar con el Señor que nos ama y nos une a él. Unión que nos permite sentirnos bien, dar el verdadero sentido a nuestra existencia, para dar los frutos deseados, conforme lo indicado por la palabra de Dios al inicio de la presente reflexión.

Todos necesitamos una poda, aunque nos duela; pues, hay que quitar lo superfluo o lo que está estorbando; enderezar lo que va chueco; limitar lo que se ha excedido; renovar lo que se ha hecho viejo y obsoleto. Hay tantas cosas adheridas a nuestro corazón que nos cuesta dejar a un lado, como: la comodidad, la costumbre, la tibieza, ciertas formas de vivir en conflicto con uno mismo y los demás. Una forma de vida que nos ayuda a orientar positivamente nuestra existencia, sentirnos bien y proyectar bondad en los diferentes entornos de nuestra existencia.

Un camino apto para orientar y mejorar nuestra vida hacia la santidad como nos indica el Señor: “Yo soy el Señor, su Dios, y ustedes deben santificarse y ser santos, porque yo soy santo”, (Levítico 11, 44)

Santidad, no es otra cosa que orientar nuestra vida hacia la perfección. Hacer las cosas bien con amor, con rectitud, con fidelidad y en unión a Jesús, para dar los frutos correspondientes…

La perfección es un camino que hay que recorrer todos los días de nuestra existencia. Un camino que adquiere el polvo simbólico de las diferentes realidades que nos toca vivir. Un camino que exige esa simbólica poda que aplicamos a las plantas para darles vida, para que fructifiquen. En fin, es lo que tenemos que hacer todos los seres humanos en base a los que somos y tenemos que ser. Creados a imagen y semejanza de Dios nos espera compartir con él lo mejor de nuestra existencia por toda una eternidad y esto requiere constancia y fidelidad a la vocación que el Señor desde su misma eternidad nos ha transmitido.

“¡No teman! – para ello nos invita Juan Pablo II – ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!

…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande.

¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…

¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera felicidad”.

Sensibles a las maravillas de la naturaleza con el empeño de despojarnos de lo inútil y en unión a Jesús para dar frutos renovemos nuestro empeño de vida cristiana.

El Señor y la Virgen María nos bendigan.

P. Francisco Lafronza (P. Felipe)

Surco 22 de agosto 2020